jueves, 11 de abril de 2013

Viaje a Uganda 2009


Hace mucho tiempo que redacté este reportaje sobre el viaje que mi marido y su amigo Fernando realizaron en Uganda durante el verano de 2009 y tenía ganas de compartirlo con vosotros. Espero que os guste!

Vídeo de nuestro viaje


En el corazón de África


Agosto 2009.

Era de noche cuando Adrián y Fernando aterrizaron en la ciudad de las siete colinas, así es como se conoce a Kampala, la capital, así que no pudieron disfrutar de una imagen aérea de aquel entorno, ni atinar el impresionante lago Victoria, el más grande de África; pero una vez en tierra una amalgama de olores, absolutamente nuevos para ellos, les advirtieron de lo lejos que estaban del mundo que conocían.
Richard, su guía, sostenía un cartel con sus nombres entre un batiburrillo de gente expectante. Hechas las presentaciones, les condujo al que sería su medio de transporte, un viejo “matatu” de tracción a las cuatro ruedas y techo abatible, de cuya fiabilidad iba a depender en gran medida el éxito del viaje.
Al salir del aeropuerto se sumergieron de lleno en la noche africana; motos, bicicletas, coches sorteándolos a todos, cláxones sonando sin descanso, ráfagas de luces, casetas con techos de latón, gente por todas partes cuya densidad aumentaba en la medida que entraban en la ciudad, y ellos dos, aferrados a sus asientos, rezando para llegar sanos y salvos al hotel en medio de aquel pandemónium. 

Una pista de tierra les condujo a un hotel con no demasiados huéspedes a la vista, si bien es cierto que ya era bastante tarde.

Al día siguiente desayunaron solos, Richard vino a recogerlos y ya a plena luz, pudieron observar los vivos colores de la falsamente ajetreada ciudad. Sí, había gente, movimiento, pero uno no tarda en darse cuenta de que muchos simplemente no tienen nada que hacer.

Ahora tocaba enfilar hacia el suroeste, hacia la zona fronteriza con la República Democrática del Congo y Ruanda. Atrás quedaron las orillas del lago, y los pantanales repletos de juncos y papiro. La carretera se sumergía en una frondosidad verde donde las plantaciones de bananos cobraban protagonismo, junto con los termiteros que se alzaban como túmulos. Luego, esa frondosidad dejó paso a tierras más áridas, compuestas de arcilla de color cenizo.

Pronto llegaron a la línea geográfica del ecuador, donde el día y la noche duran siempre doce horas, y el único signo de cambio estacional es la llegada de las lluvias, que no la variación de temperaturas, constante también durante todo el año.

A lo largo del trayecto apenas si dejaron de ver gente; esparcida, sí, pero ningún rincón parecía estar deshabitado; siempre había un niño, una mujer cultivando, un anciano sentado en un porche. Las casas se alzaban  a lo largo de la carretera, de forma lineal, y no conseguían adivinar si entraban en un pueblo o salían de otro.  Los tenderetes de bananos, hortalizas, y alguna que otra fruta exótica se sucedían también, pero no se veía ninguna actividad comercial. La gente más bien parecía subsistir con lo que obtenían de la tierra  y de unas pocas gallinas o cabras. De tanto en tanto aparecían rebaños, con no demasiados individuos, de vacas de Angola, con sus enormes cuernos en forma de V apuntando al cielo.     

Era ya de tarde cunado el asfalto terminó, y avistaron la magnífica sábana húmeda del parque Queen Elizabeth, franqueada por un enorme lago. La siguiente parte del camino, sería, como el 80% de las carreteras en Uganda, una pista de tierra, eso sí, bastante cuidada. Un grupo de babuinos se apostaba allí mismo como si de una patrulla fronteriza se tratase.

Se aprovisionaron de unos plátanos pequeños, muy dulces y sabrosos, de piel amarilla y moteada pero sin rastro de madurez en el interior. Las casetas de ladrillo y latón dejaron paso a chozas de cañas y barro, agudizando la sensación de hallarse en un sitio realmente remoto, casi tribal.  Atravesaron un sector del parque, allí no había gente, aunque si diversos grupos de obreros reparando la pista. La silueta de un elefante se recortaba a lo lejos debajo de una acacia. Los viajeros continuaban sorprendidos, boquiabiertos, casi sin mediar palabra, y una explosión de fauna estalló ante sus ojos; kobos ugandeses de color anaranjado, ciervos de agua, topis, búfalos, una reunión de colobos blanquinegros en la copa de un árbol, buitres disputándose una carcasa, y más, mucho más, pero ya habría tiempo para eso, ahora debían llegar a la Selva de Bwindi antes de que oscureciera.  

Y así fue. Atardecía ya cuando divisaron la barrera selvática alzándose repentinamente sobre la campiña; un muro pétreo en apariencia y fragilísimo en realidad, agobiado por la presión humana, pero de fuerza y misterio sobrenaturales. Intentaron penetrar con la vista aquella barrera, fascinados de pensar que pronto entrarían de lleno en aquel mundo oscuro y neblinoso, dominio del gorila de montaña. La ubicación de su cabaña, a los pies de una colina, amenazada de ser engullida por la selva, les cortó la respiración.
La selva impenetrable de Bwindi, es un reducto de selva de 330 km2, anterior a la época glaciar. Se trata de uno de los bosques más antiguos y de mayor biodiversidad del planeta, que cuenta entre sus haberes con unas ciento veinte especies de mamíferos, más de trescientas cuarenta aves, unas doscientas especies de mariposas, ciento sesenta y tres de árboles, una centena de helechos, y veintisiete tipos ente anfibios y reptiles. Muchas todas estas especies son endémicas y están amenazadas.

A la mañana siguiente acudieron a su cita con los forestales, y tras la introducción a las normas del parque y de comportamiento ante la presencia de gorilas, una camioneta les llevó al punto de salida. Treparon una empinada colina cultivada de bananos, y en la cima observaron la selva que se extendía a sus pies. Árboles altísimos, lianas, enredaderas, ortigas y muchísimas otras plantas componían aquel tejido verde que parecía respirar como un único ser vivo.

Una pisada de elefante de más de un palmo de profundidad, marcaba el inicio de una de las múltiples sendas que estos animales tejen en el entorno selvático. Dos guardas armados, a vanguardia y retaguardia respectivamente, protegían el grupo en caso de un encontronazo con los paquidermos, o con algún búfalo. Dos rastreadores habían partido a primera hora de la mañana para seguir al grupo de gorilas desde el punto en que fueron avistados el día interior. Nuestra guía se comunicaba con ellos por radio.

A las dos horas, abandonamos la senda de los elefantes para internarnos campo a través. El “panga” del primer guarda abría camino frenéticamente,  pero la dirección a seguir no estaba clara. Un chillido agudo, parecido al de un papagayo, surcó el aire propinando un buen susto a más de uno. La guía lo emitía para proporcionar nuestra localización a los rastreadores. “Ahora subís esta colina, giráis a la derecha bajáis por un barranco y…”  allí estaban, aunque aún no podíamos verlos. Ahora era necesario desprenderse de las mochilas y de los bastones, artilugios que los gorilas asociaban con los furtivos, y acercarse a ellos sin aspavientos.
 

Un joven gorila dormitaba en el lecho de un arroyo por el que discurría un hilillo de agua. Un gruñido sordo hizo que desviáramos la vista hacia una enorme mole tendida ente las ortigas. Era el macho dominante advirtiendo a su grupo de que estuvieran tranquilos, no éramos una amenaza. Poco a poco aparecieron dos hembras más un bebe gorila de pocos meses y otro macho de lomo negro, adulto pero aún sin el característico lomo plateado que desarrollan los machos al completar su madurez. El follaje, era espeso pero estábamos muy, muy cerca. El gorila dominante se alzó por fin y se dirigió hacia nosotros, se detuvo un instante para otear el horizonte, siempre atento a cualquier amenaza, ofreciéndonos su imponente y musculada figura de perfil. Luego se puso a beber del arroyo, gesto poco habitual en los gorilas, que suelen conseguir toda el agua que necesitan de los vegetales y del rocío matinal. Visto desde tan cerca, uno se daba cuenta de la enorme fuerza de este animal. Su espalda, ciertamente parecía más ancha que una cama y su cabeza cónica le hacía a uno sentirse en presencia de un auténtico rey.

Se trataba del grupo de Mubare, compuesto de 6 miembros incluido el bebé. Este grupo había contado con más de quince miembros, pero el líder se estaba haciendo viejo, perdía poder y en consecuencia las hembras jóvenes lo abandonaban. Más tarde supimos que, además, los celos le habían empujado a matar a varios lomos negros para impedir que le usurpasen su posición de privilegio, y que se había apoderado de un bebé, apartándolo de su madre hasta que murió de inanición.

No todo era paz, pues, en el magnífico reino de los gorilas, pero aquellos animales sólo transmitían sosiego a nuestros viajeros, ajenos a todo aquello. Ni siquiera con el orgulloso líder pasando a un metro escaso sintieron ningún miedo, sólo había cabida para el asombro ante lo insólito. Y aquello lo era.

La hora, tiempo límite para inmiscuirse en la vida de estos primates, pasó en un suspiro y ahora tocaba regresar. El avistamiento había sido un éxito rotundo.

Al llegar al campamento todos los participantes fueron obsequiados con un diploma que certificaba su visita.
La noche transcurrió sin incidentes, salvo el ruido de los gálagos, pequeños primates nocturnos, cazando insectos en el techo de la cabaña, que al ser de paja, resultaba bastante estruendoso.

A la mañana siguiente tocaba conocer la comunidad local. Para ello se reuinieron con un  joven padre de familia, nacido en dicha comunidad, que les llevó a conocer las distintas actividades que realizaban las gentes de allí.

Una joven ugandesa, perteneciente a una asociación de mujeres, les enseño como tejían los canastos, de distintos tamaños, formas, colores y utilidades, y en lo que no solo se aprovechaban las briznas de hierba coloreada con tintes naturales, sino también materiales reciclados sintéticos, tales como fibras de sacos, que aportaban una nueva gama de colores.

Luego pasaron a visitar las zonas de cultivo, donde se plantaba el té, el café, la patata dulce y el plátano. Degustaron el mosto, la cerveza y el licor de banana, todo elaborado artesanalmente y pasaron a visitar al chamán.

Sin duda era un hombre peculiar, viejo pero muy bien conservado, amable y alegre. Había heredado la tradición de curandero de su padre; en esencia era un herborista y no un brujo como muchos podrían creer. Contaba en su aparador con unas ciento cincuenta especies de hierbas distintas. La mayoría las conocía por su padre pero unas treinta las había descubierto él mismo, probándolas con conejos antes de aplicarlas a ningún paciente y reconoció que cunado alguna patología, por su gravedad o por escaparse a sus conocimientos, requería de una asistencia especial, no dudaba en enviar a los enfermos al hospital más cercano.
Lo más curioso es que al obtener las medicinas de la propia selva, cuyo acceso estaba vigilado y restringido, sólo se le permitía entrar a recolectarlas una vez al año o salvo casos cuya gravedad lo requiriese.
La última parte de la visita consistió en conocer a los pigmeos itura, gente que había sido paulatinamente desalojada de la selva y reubicada en poblaciones rurales. El desalojo se completó en 1996. La familia de pigmeos les obsequió con unos cánticos que hablaban sobre como había mejorado su vida tras salir de la selva, a salvo de los innumerables peligros y penurias que ello implicaba, y de cómo habían cambiado la marihuana por el tabaco. No obstante su rostro no reflejaba demasiada felicidad ni entusiasmo, algo lógico, por otra parte, entre gente tan pobre. Resulta difícil saber hasta que punto el cambio les había resultado beneficioso. Lo único cierto es que eran una tribu despojada de sus tierras y costumbres.
 
Después de todo lo vivido, el viaje llegó a su fin. Ya en casa, el deseo de regresar a aquellas tierras, se convirtió para nuestros protagonistas en una necesidad (por no decir obsesión). Algunos dicen que es la fiebre de África, que alcanza a todo aquél que la visita. Lo único que se me ocurre decirles a todos los amantes de la fauna y la naturaleza que decidan viajar allí es: ¡cuidado, que engancha!


  

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